Costa Rica y el espejismo del “bajo desempleo”

Durante años, el desempleo fue uno de los principales dolores de cabeza económicos y políticos de Costa Rica. Tras la pandemia, el país llegó a registrar cifras históricas superiores al 20%, alimentando incertidumbre social, caída del consumo y una sensación colectiva de deterioro económico. Hoy, en cambio, el discurso oficial y parte del análisis económico celebran una realidad aparentemente distinta: la tasa de #desempleo ronda niveles cercanos al 6% o 7%, cifras que incluso algunos países desarrollados podrían envidiar.

Pero hay una pregunta incómoda que cada vez más economistas y ciudadanos se hacen: ¿de verdad Costa Rica resolvió su problema laboral o simplemente aprendió a maquillarlo estadísticamente?

La respuesta parece acercarse más a la segunda opción.

El problema no es que las cifras sean falsas. Técnicamente, el desempleo sí disminuyó. El problema es asumir que una tasa menor equivale automáticamente a un mercado laboral saludable. Ahí es donde el debate #económico y #político comienza a volverse profundamente engañoso.

La tasa de desempleo mide únicamente a quienes no tienen #trabajo y además están buscando activamente uno. Es decir, si una persona se cansó de enviar currículums, dejó de buscar empleo porque considera imposible encontrarlo o terminó sobreviviendo en la #informalidad, desaparece del indicador. Ya no cuenta como desempleado.

Y eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo en Costa Rica.

Detrás de la aparente recuperación laboral existe un fenómeno silencioso pero preocupante: miles de personas han salido del mercado laboral. La participación laboral del país sigue siendo relativamente baja, especialmente entre #mujeres y #jóvenes. Hay personas que simplemente dejaron de creer que el sistema económico pueda ofrecerles una oportunidad real. No aparecen en las estadísticas de desempleo, pero tampoco forman parte de una economía dinámica y productiva.

El país celebra menos desempleados mientras simultáneamente aumenta la resignación laboral.

A esto se suma otro elemento aún más delicado: la informalidad. Cerca de cuatro de cada diez trabajadores en Costa Rica laboran sin seguro, sin estabilidad, sin pensión y sin protección social. Son personas que sobreviven manejando plataformas digitales, vendiendo productos de manera ocasional, trabajando por días o improvisando ingresos para sostenerse mes a mes.

En las estadísticas aparecen como “ocupados”. En la realidad, muchos viven en permanente #precariedad.

Esa es la gran trampa del debate actual: se confunde empleo con bienestar. Tener alguna fuente de ingreso ya basta para que la estadística considere a alguien “empleado”, aunque ese trabajo no permita salir de la #pobreza, no garantice estabilidad o ni siquiera alcance para enfrentar el alto costo de vida del país.

Costa Rica parece haber transitado de una crisis de desempleo abierto hacia una crisis de precarización laboral.

Y el problema se vuelve todavía más complejo porque la #economía sí está creciendo en ciertos sectores. Las zonas francas exportan más, el turismo se recuperó, los servicios corporativos internacionales siguen expandiéndose y las empresas tecnológicas demandan talento constantemente. El país, en apariencia, proyecta una imagen de éxito económico.

Sin embargo, ese crecimiento no logra integrar a una parte importante de la población.

Mientras las empresas buscan personal bilingüe, técnico y especializado, miles de costarricenses ni siquiera terminaron secundaria o viven en regiones donde las oportunidades laborales modernas prácticamente no existen. El resultado es una economía partida en dos: una Costa Rica altamente competitiva y conectada al mercado global, y otra atrapada en empleos informales, #salarios insuficientes y exclusión productiva.

La #desigualdad laboral territorial también es brutal. La Gran Área Metropolitana concentra gran parte del empleo formal y mejor remunerado, mientras las costas y zonas rurales enfrentan oportunidades limitadas, dependencia del turismo estacional y mayores niveles de vulnerabilidad económica.

Por eso el discurso triunfalista sobre el desempleo luce cada vez más desconectado de la experiencia cotidiana de muchas familias.

Porque la percepción ciudadana no se construye con indicadores técnicos, sino con realidades concretas como personas que trabajan más y aún así no llegan a fin de mes, jóvenes que no encuentran oportunidades estables, profesionales subempleados, adultos mayores expulsados del mercado laboral, y hogares donde tener empleo ya no garantiza tranquilidad económica.

Costa Rica enfrenta entonces un reto mucho más profundo que simplemente reducir una tasa #estadística. El verdadero desafío es construir empleo de calidad, formal, productivo y accesible para amplios sectores de la población.

Pero eso exige discutir temas políticamente incómodos. Implica revisar seriamente la calidad educativa y la desconexión entre formación y mercado laboral. Obliga a discutir los costos de formalidad, la excesiva tramitología y las barreras que enfrentan pequeñas empresas para contratar legalmente. Requiere descentralizar el desarrollo económico y dejar de concentrar oportunidades únicamente en ciertos polos urbanos. Y también demanda reconocer que el crecimiento económico por sí solo no garantiza #inclusión social.

Ese quizá sea el mayor fracaso del modelo costarricense reciente: el país ha logrado construir una economía moderna y sofisticada hacia afuera, pero profundamente fragmentada hacia adentro.

La paradoja costarricense es esa: un país que exporta tecnología avanzada mientras miles sobreviven en la informalidad; un país con indicadores macroeconómicos relativamente estables, pero con creciente sensación de inseguridad económica en la población; un país que celebra cifras de desempleo “históricamente bajas” mientras buena parte de sus trabajadores siente que vivir dignamente es cada vez más difícil.

Por eso el debate no debería centrarse únicamente en cuántos empleos existen, sino en qué tipo de empleo se está creando y para quiénes. Porque una economía no se mide solamente por cuántas personas trabajan, sino por cuántas pueden construir estabilidad, movilidad social y bienestar a partir de su trabajo.

Y en esa materia, Costa Rica todavía está lejos de poder cantar victoria.