
Costa Rica vive hoy una de las contradicciones económicas más peligrosas de las últimas décadas. Mientras sectores productivos enteros claman por un ajuste del tipo de cambio para recuperar competitividad, el Estado parece haberse vuelto dependiente de la fortaleza artificial del colón para sostener la imagen de una mejora fiscal que podría resultar más frágil de lo que aparenta.
La reciente advertencia del Fondo Monetario Internacional (#FMI) debería encender todas las alarmas. El organismo señala que una #depreciación abrupta del #colón del 30% provocaría que la #deuda externa del país pase de representar el 42% del Producto Interno Bruto a un alarmante 67,6% del #PIB. No se trata de una proyección menor ni de un ejercicio académico. Es la confirmación de una vulnerabilidad estructural que ha permanecido oculta detrás de los buenos indicadores fiscales que hoy exhibe el #Gobierno.
La paradoja es evidente. Durante años se ha celebrado la caída de la relación deuda/PIB como una muestra del éxito de la disciplina fiscal. Sin embargo, una parte de esa mejora no proviene necesariamente de una reducción real de las obligaciones del Estado, sino de la apreciación del colón frente al #dólar. En otras palabras, el país podría estar observando una fotografía fiscal más favorable de la que realmente existe.
Mientras el dólar cae, la #deuda externa medida en colones parece reducirse. Los indicadores mejoran, las estadísticas lucen más saludables y los organismos internacionales reconocen avances. Pero basta con que el mercado cambiario se ajuste para que esa realidad cambie radicalmente.
Lo más preocupante es que el país parece haber quedado atrapado entre dos necesidades contrapuestas.
Por una parte, exportadores, agricultores, empresarios turísticos y numerosos sectores generadores de empleo sostienen que el tipo de cambio actual está erosionando la #competitividad nacional. Sus ingresos se generan en dólares, pero sus costos se pagan en colones cada vez más caros. El resultado ha sido una creciente presión sobre márgenes de ganancia, inversión y empleo.
Por otra parte, el propio Estado enfrenta un riesgo considerable si el dólar recupera terreno. La razón es sencilla: una parte importante de su deuda está denominada en moneda extranjera. Así, el mismo ajuste cambiario que podría aliviar a los sectores productivos podría convertirse en un golpe severo para las finanzas públicas.
Es una situación que evidencia un problema de fondo: Costa Rica construyó buena parte de su estrategia de financiamiento sobre deuda externa sin reducir adecuadamente su exposición al riesgo cambiario.
Durante años se justificó el endeudamiento en moneda extranjera por sus menores #tasas de interés. La lógica parecía razonable. Era más barato endeudarse afuera que hacerlo en el mercado local. Sin embargo, esa decisión trasladó al futuro un riesgo que hoy vuelve a manifestarse con fuerza.
La realidad es que el Gobierno recauda #impuestos principalmente en colones, paga salarios en colones y financia la mayor parte de sus gastos en colones. No obstante, una parte significativa de sus compromisos financieros está denominada en dólares. Ese descalce constituye una vulnerabilidad permanente.
Si el dólar aumentara significativamente, #Hacienda tendría que destinar muchos más recursos para cumplir exactamente las mismas obligaciones. No porque el país se endeudó más, sino porque la moneda en que contrajo sus compromisos se encareció.
La ironía es difícil de ignorar. Mientras miles de productores esperan una recuperación del tipo de cambio para sobrevivir, el Estado observa con preocupación la posibilidad de que esa recuperación se materialice. El país parece haber llegado al punto en que una variable fundamental para la competitividad económica puede convertirse simultáneamente en una amenaza para la estabilidad fiscal.
Esto plantea una pregunta incómoda: ¿qué tan sólida es realmente la situación fiscal costarricense si una parte importante de sus avances puede evaporarse ante una corrección cambiaria?
La respuesta obliga a abandonar triunfalismos. La reducción de la deuda y la consolidación fiscal son avances reales y valiosos, pero también es cierto que la exposición al endeudamiento externo sigue representando una amenaza considerable. Ignorar esa realidad sería confundir una coyuntura favorable con una solución estructural.
La advertencia del FMI no es solamente un llamado técnico. Es un recordatorio de que la sostenibilidad fiscal de Costa Rica continúa dependiendo de factores que el Gobierno no controla plenamente. Mientras la deuda pública siga altamente dolarizada, el país permanecerá expuesto a una peligrosa contradicción: necesitar un tipo de cambio más competitivo para impulsar la producción, pero temer las consecuencias fiscales que ese mismo ajuste podría provocar.
Esa no es una posición cómoda para ninguna economía. Mucho menos para una que todavía arrastra uno de los niveles de endeudamiento más altos de su historia reciente. El verdadero desafío no consiste en celebrar un dólar bajo ni en esperar un dólar más alto. Consiste en corregir la vulnerabilidad que hace que cualquiera de esos escenarios termine convirtiéndose en un problema.
